Todos sabemos que cuando llega el verano, las terrazas se llenan más, los restaurantes tienen filas esperando por una mesa, las reuniones con los amigos van casi de lunes a lunes; y esto es principalmente porque el calor del verano es el mejor aliado para pasarlo bien. Pero este contexto trae otras consecuencias, como el beber altas cantidades de alcohol en cortos periodos de tiempo.
Los norteamericanos tienen una definición para eso: el “Binge Drinking”, que traducido quiere decir “Consumo Intenso”. Es la manera de beber que aumenta las probabilidades de padecer problemas relacionados con el alcohol o complica el manejo de otros problemas de salud, sin ser un trastorno (dependencia o consumo problema).
Un buen ejemplo de cuánto podemos llegar a consumir los chilenos en verano, es si revisamos el caso de la cerveza: el trago favorito para refrescarse. Primero, siempre se ha dicho que Chile es un país cervecero, lo que en cierta manera es verdad. Según datos de la Asociación de Productores de Cerveza de Chile (Acechi), nuestro país es uno de los que más cerveza consume per cápita en la región, con una evolución de 57% en 10 años, es decir, si los chilenos en 2010 consumían 37 litros de cerveza, ya en el 2020 esta cifra llegó a 58 litros. Segundo, en cuanto a consumo, hoy la cerveza representa un 77% del total del mercado de bebidas alcohólicas. Según un estudio de Euromonitor International realizado en 2017, el consumo per cápita de los chilenos es de 68,6.
¿En qué consiste el Binge Drinking?
Es una cantidad de consumo en un corto período de tiempo: más de cinco tragos (bebidas alcohólicas) en menos de dos horas para hombres y más de cuatro tragos en el caso de las mujeres, en el mismo periodo de tiempo. Generalmente, su concentración de alcohol en la sangre (BAC) aumentará a 0,08 % o más, después de beber en exceso.
La intoxicación etílica puede ser letal.
La razón? Existe pérdida de conciencia, disminuye la frecuencia respiratoria, la temperatura corporal, además se produce hipotensión arterial y puede generarse un cuadro de convulsiones y vómitos con el riesgo que la persona aspire parte del contenido gástrico y se ahogue con él. Incluso, en casos más graves puede producir un coma cetoacidótico y paro cardiorrespiratorio, lo que lleva a la muerte.